Desarrollo de la mediación

La mediación se desarrolla a través de sesiones conjuntas o individuales, con una duración aproximada de 60 minutos cada una.

Al mediador le corresponde dirigir las sesiones, asumiendo las partes el protagonismo en el proceso y en la búsqueda de soluciones, atribuyéndose así la responsabilidad en la mediación y en la toma de decisiones.

Los intervinientes y el mediador conciertan los puntos de la agenda a tratar. Durante las sesiones de mediación se van buscando, mediante un proceso creativo, opciones a cada tema planteado intentando elaborar un borrador de posibles acuerdos.

Se lleva a cabo una labor basada en la buena fe, la voluntariedad de todos y  la confidencialidad (el deber de  guardar secreto de lo que se debate en las sesiones), característica ésta, la confidencialidad, que facilita la apertura de las personas y el poder aportar soluciones reales y operativas a sus problemas. El mediador dirige el proceso con total imparcialidad y neutralidad, no juzgando, no decidiendo, no asesorando, no proponiendo soluciones; pero manteniendo la relación de equilibrio entre los mediados.

¿Puede intervenir un abogado?

Sería muy aconsejable que los abogados estudien aquellos asuntos que llegan a sus manos y aconsejen a sus clientes cuál es el medio idóneo de resolución de su conflicto, así como actualmente hacen los jueces que valoran si los temas son mediables o sólo se pueden gestionar en los juzgados.

En todo momento las partes pueden asesorarse por sus abogados, que pueden asistir o no a las sesiones. En el transcurso de la mediación los abogados pueden solicitar hablar en privado con sus clientes para asesorarles. A cambio le pedimos al abogado que no intervenga en la mediación (los protagonistas de la mediación son las partes), y le informamos de su deber de confidencialidad respecto de lo que acontece dentro o fuera de las sesiones de mediación, que no pueden utilizar en juicio.

A los Acuerdos a los que lleguen los mediados les da forma jurídica el letrado y, en su caso, pueden hacerlos valer ante la jurisdicción correspondiente si una parte no cumpliera sus términos.

Por eso, no hay solapamiento de funciones, no hay competencia entre ambos profesionales porque cumplen funciones diferentes, pues la función de un mediador se discrimina claramente de la del abogado en ejercicio, pues a aquél no le corresponde asesorar ni representar a ninguna parte.

El mediador facilita a las partes la comunicación y restablece la relación de futuro, una relación nueva que deja atrás situaciones pasadas y que posibilita el adoptar acuerdos en beneficio de ambos.

Estamos ante un procedimiento flexible, que utiliza un lenguaje coloquial, cercano, donde se reflexiona sobre las necesidades e intereses de los implicados, donde no se ven encorsetados por los formulismos legales y donde con creatividad e imaginación pueden llegar a acuerdos incluso atípicos; pero siempre válidos para las partes que los han adoptado como traje hecho a su medida.

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